En diciembre de 2024, fui al cierre de la gira FERXXOCALIPSIS y no pude evitar recordar aquellos días de hace 15 años, cuando compartía escenario con Feid en los colegios. Éramos un grupo de jóvenes llenos de sueños, más entusiasmo que recursos, y con la música como nuestro punto de encuentro. Grabábamos en un estudio improvisado en la casa de Juan Esteban Agudelo (El High), quien por ese entonces se hacía llamar Quality Rec. Era un espacio muy básico, pero gracias a su habilidad para la edición, lograba maquillar las limitaciones técnicas y producir música increíble. También estaba Alejandro Ramírez (Sky), quien llegó a producir varias de mis canciones. En medio de esas grabaciones y presentaciones, ya se notaba en Feid algo que trascendía las simples ganas de cantar: tenía una visión.
No se trataba solo de subirse a cualquier tarima o grabar por grabar; él quería ser un artista completo. Mientras muchos de nosotros apenas nos esforzábamos por cumplir con lo básico, Feid se preocupaba por la técnica vocal, el ritmo, la musicalización y, sobre todo, por encontrar un sonido auténticamente suyo.
¿Quién, a sus 16 años, rechaza sonar en la radio? En aquella época, lograr que tu canción saliera en una emisora como La Mega era el gran objetivo de cualquier artista emergente. Era el sello de aprobación que todos buscábamos, el tema de conversación obligado. Incluso quienes llevaban más tiempo en esto no perdían oportunidad de presumir cuántas veces los habían programado. Por eso, cuando le ofrecí a Feid aprovechar un contacto que tenía para poner una de sus canciones al aire, esperaba un sí inmediato, lleno de euforia. Pero su respuesta fue otra: “Todavía no. Quiero encontrar un sonido con el que realmente me sienta cómodo.”
En ese momento me quedé en blanco. Para cualquiera de nosotros, sonar en la radio era la meta; para Feid, no. Él no buscaba una validación vacía. A sus 16 años, ya tenía claro que su música no debía ser simplemente un ruido pasajero, sino una expresión sólida de quién era él. Esa claridad y ese compromiso con su visión lo diferenciaban del resto.

A quienes les cuento esta historia sobre mis inicios en el reguetón, siempre les hablo de la lección que Feid me dio sin saberlo. En aquel entonces no comprendí la profundidad de su decisión. Con el tiempo entendí que estaba defendiendo algo concreto: respetar el proceso, no ceder ante la presión externa y construir un sonido propio aunque tomara más tiempo. Esa es la parte de la historia que todavía me sirve.
Aunque nunca volvimos a hablar desde que dejé el reguetón, recuerdo su determinación y claridad de propósito. Verlo triunfar entonces no prueba que yo pudiera predecir su carrera; sí me recuerda cuánto puede importar una decisión que, a los 16 años, parecía ir contra el incentivo inmediato.
Ese diciembre, al verlo llenar el estadio y hacerlo suyo, sentí una felicidad inmensa. Gracias, Salo, por recordarme que una visión también se construye protegiéndola cuando todavía nadie la celebra. Te mereces todo lo que estabas viviendo.

