Hace poco, mientras hablaba con Andrea, surgió un tema inesperado: mi manera de relacionarme. En medio de la conversación, me comentó que, a ojos de los demás, doy la impresión de ser una persona ‘poco liviana’. Me explicó que, para algunos, resulto difícil de leer, distante incluso, como si no tuviera un interés real en conectar o en descubrir quiénes son. Según ella, esta percepción puede hacer que las personas se sientan inseguras, dudando de si me importan o de si realmente los considero interesantes. Al principio, su comentario me tomó por sorpresa. No es que nunca haya sentido una distancia en ciertas relaciones, pero nunca lo había visto como algo tan visible para los demás, algo que aparentemente deja una huella.
Pensé en cuántas veces esta expectativa ha aparecido en mis relaciones, en ese deseo sutil o a veces evidente de que el otro vea en uno un reflejo de su propio valor. Me ha sucedido con conocidos, amigos e incluso en relaciones más cercanas: una especie de presión silenciosa para validar la importancia de los otros a través de una sonrisa, una frase o incluso solo con darles una mirada de aprobación. Me pregunto si la necesidad de que otros se sientan vistos y valorados debería implicar un esfuerzo constante de mi parte. ¿Hasta qué punto estoy en deuda de demostrar interés o de mantener una fachada accesible, solo para satisfacer una expectativa que, en última instancia, no me corresponde?
Me he dado cuenta de que esta percepción de distancia genera un peso en mis relaciones. No pocas veces, personas cercanas me han expresado directamente que sienten que ‘no son suficientes’ o que, de alguna forma, no llegan a estar a la altura de lo que esperan que vea en ellos. Estos comentarios no son fáciles de recibir; no es mi intención que alguien se sienta menos. Pero es claro que esta dinámica, en más de una ocasión, ha llevado a que esas personas terminen alejándose. Me ha hecho reflexionar sobre cómo el modo en que me relaciono puede influir en los demás, incluso sin proponérmelo.
Quizá parte de esta percepción tiene que ver con mi manera de ver el mundo y, sobre todo, conmigo mismo. Tengo una ambición constante de ser más en cada aspecto de mi vida. El conocimiento siempre ha sido una obsesión para mí, no solo en temas específicos sino en un sentido amplio, como si quisiera abarcar lo máximo posible, entender un poco de todo, convertirme en un ‘nerd’ en todo lo que despierta mi interés. Últimamente, también me he enfocado en explorar mis límites físicos y emocionales, en descubrir hasta dónde puedo llegar. A pesar de todos estos esfuerzos, siento que siempre hay algo más que alcanzar y que aún no soy la persona que realmente deseo ser.
Tal vez sea este impulso de no conformarme, de siempre buscar algo más, lo que crea una distancia que algunos perciben como inalcanzable. A veces creo que esa misma ambición provoca en quienes me rodean una sensación de comparación, como si mis aspiraciones fueran un estándar al que se sienten obligados a llegar. Sin embargo, mientras reflexiono sobre esto, me doy cuenta de que no siempre es una cuestión de comparación. En realidad, he llegado a aceptar que hay personas que simplemente no me generan interés, y no porque se comparen conmigo, sino porque siento que viven en ‘modo automático’. Son personas que, desde mi perspectiva, no exploran sus propios sueños ni se cuestionan, que parecen conformarse con una existencia superficial.Y soy incapaz de fingir interés en relaciones que no alimentan esa curiosidad y ambición que llevo dentro.
Sé que esta postura no es fácil de expresar ni de entender. La vida, para mí, consiste en esa chispa de querer siempre más, de profundizar, de conectar con personas que también buscan crecer en distintos aspectos de sus vidas. Me pregunto si, al final, la distancia que surge con algunos no se debe tanto a una comparación, sino a una incompatibilidad en la forma de ver y vivir el mundo. Andrea me decía que la gente no necesita tener muchas capas, que pueden ser simples y tener valores bonitos. Pero, ¿de qué me sirven los valores de otros si no hay profundidad? No entiendo por qué no se puede tener una personalidad rica en capas y, a la vez, principios sólidos.

No tengo interés en relaciones que se sienten superficiales o que giran exclusivamente en torno a conversaciones vacías; esas charlas cotidianas tienen su lugar y pueden ser parte del día a día, pero no deberían ser el único fundamento de una conexión. Al final, uno es el reflejo de quienes lo rodean, ¿no? He llegado a aceptar que mi camino es uno de constante crecimiento y cuestionamiento, y no todos están dispuestos a caminarlo conmigo. Puede que eso me haga parecer ‘poco liviano’ o distante, incluso arrogante, pero si ese es el precio de vivir de acuerdo a mis propios principios y ambiciones, estoy dispuesto a asumirlo. Prefiero una vida de conexiones sinceras y profundas que realmente enriquezcan quien soy, a la superficialidad de una compañía que no resuena con lo que soy.
En ningún momento me siento superior a los demás; hace tiempo dejé de compararme con otros. Solo pienso en quién soy y en quién quiero ser, y de ahí surge esta manera ‘poco liviana’ de relacionarme. Es simplemente una consecuencia de mi compromiso con mis propios valores y con una autenticidad que me niego a negociar.