Hace años, en un concierto íntimo en su casa, escuché a Carlos Palacio, “El Pala”, contar cómo, tras vivir un tiempo en Buenos Aires, regresó a Medellín con la idea de que sería algo temporal. Pensaba que solo pasaría una temporada aquí, que la ciudad no le iba a ofrecer lo que buscaba, pero, para su sorpresa, terminó quedándose. Volvió a enamorarse de las montañas, de la gente, de la vida cotidiana de Medellín.

Yo tenía todo listo para mudarme a Ciudad de México. Vendí mis muebles, el carro, dejé atrás las cosas que durante años me habían acompañado. Conseguí la residencia mexicana y ya me veía caminando por sus calles, empezando una vida nueva en una ciudad que me emocionaba profundamente. Ciudad de México tiene algo que me atrapa, una energía que se siente en cada esquina. Es una ciudad enorme, caótica, pero llena de posibilidades, con una historia que resuena en cada rincón y una diversidad que me hacía sentir que podía encontrar un lugar para mí. Cada vez que estuve allí, me sentí conectado, como si finalmente estuviera en un lugar que realmente miraba hacia afuera, un lugar donde los horizontes eran amplios, donde todo parecía estar en constante movimiento y evolución. Es una ciudad que invita a ser parte de algo más grande, a formar parte de un mundo que se siente abierto y vivo.
Pero la vida no siempre va como uno planea. En lugar de comenzar mi nueva etapa en Ciudad de México, terminé volviendo a Medellín por razones familiares. Cuando tomé la decisión de regresar, recordé lo que Carlos Palacio contó en ese concierto: él pensaba que su regreso sería temporal, pero terminó quedándose, enamorándose de nuevo de la ciudad. En el fondo, quise pensar que a mí me podría pasar lo mismo. Que este regreso forzado me daría la oportunidad de ver Medellín con otros ojos, de reconectar con la ciudad donde crecí.
Pensé que los colores, las montañas, las flores y el calor de su gente me harían sentir cómodo. Que Medellín, con sus atardeceres naranjas y su vida bulliciosa, me devolvería esa conexión perdida. Creí que, con el tiempo, podría encontrar ese sentido de pertenencia del que tanto se habla. Pero la realidad ha sido diferente. A pesar de todo lo que esta ciudad tiene para ofrecer, sigo sintiendo que no termino de encajar, como si la distancia entre Medellín y yo nunca desapareciera.
A veces me pregunto si fue la ciudad la que cambió o si fui yo, o quizás simplemente nunca encajé. Medellín tiene una cualidad que va más allá de ser amable con los turistas: cuando alguien intenta quedarse y ser parte, todo cambia. Existe una resistencia hacia lo diferente. Casi todo el mundo se viste igual, le gusta lo mismo, y excluye al que es distinto. Eso explica por qué la ciudad es poco diversa. Los grupos sociales están cerrados, construidos desde la infancia, y es difícil romper esas barreras. Aquí, la necesidad de encajar es tan fuerte que las personas terminan moldeándose al mismo patrón, volviéndose homogéneas, como si nadie quisiera destacar. A pesar de tener tantos habitantes como Madrid, nos comportamos como un pueblo. El sueño más grande sigue siendo una casa en Llanogrande y una camioneta. La oferta cultural y social se siente limitada: fiesta, eventos y algo de deporte los domingos, pero siempre con la mirada hacia adentro. Ciudades más pequeñas, como Barranquilla, parecen tener una visión más global, más abierta. Y yo, que nací y crecí aquí, sigo sintiéndome como un extranjero, como alguien que nunca ha terminado de pertenecer, de encajar, o de ser parte de esos grupos cerrados que se construyen desde la infancia.
A veces, me pregunto si esa sensación de no pertenecer es algo que solo me pasa a mí o si hay otros que también la sienten, pero la disimulan mejor. Quizá pertenecer no significa encajar perfectamente, sino aprender a aceptar las diferencias que existen entre uno mismo y el lugar en el que vive. Sin embargo, es difícil no sentir esa desconexión cuando todo alrededor parece diseñado para seguir una misma fórmula, un mismo ritmo, una misma vida predeterminada.
He intentado mirar Medellín desde otros ángulos, buscando esos pequeños espacios donde podría encontrar algo diferente, algo que me resuene. Pero siempre regreso a la misma pregunta: ¿es la ciudad la que me excluye, o soy yo el que ya no encaja en la idea que tenía de ella? Quizá ambas cosas. Quizá, en mi intento por encontrar algo que me haga sentir parte, me he olvidado de lo más importante: que la pertenencia no siempre viene de la aceptación de los demás, sino de aceptar que, a veces, uno simplemente no pertenece.
Y está bien. Tal vez eso es lo que me ha enseñado este regreso forzado: que no siempre se trata de encajar, de pertenecer, sino de aprender a vivir con esa distancia, con esa diferencia. Porque al final, cada uno de nosotros tiene su propio camino, y tal vez el mío nunca fue estar en un lugar donde todo parece estar tan definido desde siempre.