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Escrito originalmente enMedium7 min de lecturaEn español

El retorno de saturno

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Hace unos meses, en una de esas conversaciones honestas y sin filtro, le conté a mi amiga María José sobre las dificultades que estaba atravesando.

Hace unos meses, en una de esas conversaciones honestas y sin filtro, le conté a mi amiga María José sobre las dificultades que estaba atravesando. Le hablé de esa sensación de estar atrapado en un torbellino, de no reconocerme del todo en las decisiones que estaba tomando. María José, que había pasado por algo similar hace unos años, me habló del “retorno de Saturno”. Según la astrología, alrededor de los 29 a 31 años, el planeta regresa a la misma posición que tenía cuando nacimos, y con eso trae una especie de ajuste cósmico, una crisis que nos obliga a revisar y cuestionar todo. Aunque nunca he sido de creer en astrología, algo en su explicación resonó en mí. Sentí que, sin importar si Saturno tenía algo que ver o no, había un punto en lo que decía: a esta edad, parece inevitable que la vida te ponga frente a un espejo y te empuje a hacerte preguntas que, tal vez, habías estado evitando. ¿Quién soy realmente? ¿En qué momento me convertí en esta versión de mí mismo? Esa conversación quedó dándome vueltas, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que tal vez necesitaba empezar a buscar respuestas.

Saturno fragmentado

Saturno fragmentado

Siempre me he sentido muy orgulloso de conocerme. Solía decir que, para hacer algo significativo en la vida, primero había que conocerse a uno mismo, y creía tener muy claro quién era yo: mis fortalezas, mis debilidades, mis miedos y mis sueños. Incluso pensaba saber exactamente cuál era el camino hacia esos sueños. Pero este año trajo cambios tan abruptos que toda esa certeza comenzó a desmoronarse. Fue Cristian quien, al ver mis dudas, me dijo: “Tienes que conocerte a ti mismo, nuevamente”. Al principio, la frase me molestó. ¿Cómo es que no me conocía si siempre pensé que lo hacía? Y luego vino la pregunta que no me había atrevido a hacerme: ¿cómo me conozco a mí mismo? Lo difícil no es empezar de cero, sino desconocer lo que ya había definido sobre mí. Soltar esa versión que creía intocable y enfrentarme a la realidad de que tal vez, ahora, soy alguien distinto. ¿Y qué significa ser alguien distinto? Empecé a ver que no entendía absolutamente nada.

Fue entonces cuando empecé a darme cuenta de que esos cambios en mí ya habían ocurrido hace tiempo, pero por estar demasiado ocupado viviendo, nunca me detuve a notarlos. Quizá seguimos haciendo cosas que alguna vez nos llenaron — hobbies, trabajo, actividades que en su momento nos daban sentido — sin detenernos a pensar si todavía nos generan satisfacción. Y ese vacío se va acumulando hasta que, de repente, te encuentras preguntándote: ¿cómo es que esto que antes disfrutaba ahora me hace sentir nada? Esto, creo, es lo que realmente significa el “retorno de Saturno” desde un punto de vista práctico. Es una serie de transformaciones sutiles que suceden sin darnos cuenta, hasta que una crisis nos obliga a mirarnos de frente y cuestionarnos. Tras una ruptura amorosa, una situación laboral complicada, una crisis familiar, un cambio de ciudad inesperado o cualquier giro brusco en los planes de vida (en mi caso, lamentablemente, fueron todos al mismo tiempo), esos momentos de crisis se convierten en un espejo donde nos enfrentamos a una versión de nosotros mismos que desconocíamos. Nos vemos forzados a pasar tiempo a solas y a cuestionarnos de manera dolorosa pero necesaria.

Al intentar responder la pregunta de ¿cómo putas me conozco más?, me doy cuenta de que esto implica mucho más que solo recordar lo que he vivido o definir mis gustos y metas. Desde un enfoque científico, el autoconocimiento se entiende como un proceso de autodescubrimiento que evoluciona a medida que nuestro cerebro y nuestras experiencias generan nuevas conexiones. Según James Hollis (1993), el verdadero conocimiento de uno mismo se logra mediante la individuación, un proceso de revisión constante y consciente de nuestras creencias, decisiones y patrones de comportamiento. Este proceso no es un destino fijo, sino un ciclo en el cual, según Hollis, enfrentamos etapas de ruptura (o “pasajes”) que nos obligan a cuestionarnos profundamente.

Desde una perspectiva neurocientífica, los cambios en nuestra identidad no se producen de manera estática. Las investigaciones en neuroplasticidad sugieren que nuestro cerebro sigue generando nuevas conexiones neuronales en respuesta a nuestras experiencias, especialmente durante momentos de crisis o transición (Doidge, 2007). Así, la pregunta de si esta “nueva versión” de mí ya existe o se está construyendo se vuelve más compleja. Si la identidad se construye constantemente en función de lo que experimentamos y de cómo procesamos esas experiencias, entonces cada nuevo conocimiento o perspectiva nos va moldeando en tiempo real. Es un proceso dinámico en el que el yo se adapta y evoluciona.

Por tanto, si esta nueva versión apenas se está construyendo, la forma de hacerlo requiere un enfoque activo y consciente. Hollis (1993) sugiere que la clave está en desafiar las respuestas automáticas que adoptamos desde la infancia y que seguimos reproduciendo en la adultez. Conocernos más implica “desconocer” ciertos patrones aprendidos y permitirnos reconstruir nuestra identidad a partir de elecciones más auténticas. A medida que cuestionamos esos patrones, estamos construyendo una versión de nosotros mismos que se ajusta más a nuestras necesidades y deseos actuales, en lugar de a las expectativas externas o a las respuestas que alguna vez fueron útiles, pero que ahora pueden estar limitando nuestro crecimiento.

Entonces, ¿qué putas significa desafiar nuestras respuestas automáticas? Desde un punto de vista científico, nuestras respuestas automáticas son patrones de pensamiento y comportamiento que desarrollamos desde la infancia. Estos patrones surgen de experiencias tempranas, de la necesidad de adaptarnos a nuestro entorno y de influencias culturales y familiares. Por ejemplo, una respuesta automática podría ser nuestra manera de reaccionar ante el conflicto: tal vez aprendimos a evitarlo para evitar problemas o a actuar de manera complaciente para obtener aprobación. A lo largo del tiempo, estos patrones se integran en nuestra identidad y se convierten en una especie de modo automático en el que operamos sin cuestionarnos demasiado.

Desafiarlos implica interrumpir este “modo automático” para examinar si esos patrones realmente nos representan o si solo están allí por hábito o necesidad de adaptación. La psicología profunda sugiere que, en la adultez, estas respuestas automáticas pueden limitar nuestro crecimiento si no las revisamos. Según James Hollis (1993), enfrentarnos a ellas es esencial en el proceso de individuación: significa hacernos preguntas sobre las motivaciones detrás de nuestras decisiones, nuestras reacciones emocionales, e incluso nuestros miedos. ¿Reacciono así porque realmente lo siento o porque es lo que siempre he hecho? ¿Es esto algo que quiero para mí o solo lo hago por inercia?

Desde un enfoque neurocientífico, este acto de desafiar patrones automáticos también tiene una base. La neuroplasticidad, es decir, la capacidad del cerebro de reorganizarse y crear nuevas conexiones, se activa cuando tomamos consciencia de nuestros comportamientos y elegimos actuar de otra manera (Doidge, 2007). Cambiar nuestras respuestas automáticas y construir una versión de nosotros mismos más auténtica requiere tiempo y esfuerzo, porque nuestro cerebro tiende a seguir los caminos neuronales ya formados. Desafiar estos patrones es, en pocas palabras, un acto de desaprendizaje y de reconexión, que poco a poco permite que emerja una versión más auténtica y deliberada de nosotros mismos.

Entonces, si todo este proceso de autoconocimiento implica soltar lo que creíamos saber de nosotros, ¿qué es lo que realmente queda? Confrontarse con estas preguntas no es cómodo. Nos obliga a cuestionar no solo nuestras decisiones, sino también los espacios que habitamos, las elecciones que defendemos, y las conexiones que nos rodean. ¿Elegí este camino porque realmente me llena, o porque alguna vez me convencí de que era lo correcto? ¿Hasta qué punto soy yo quien toma mis decisiones? ¿Qué parte de mi vida es realmente una elección, y qué parte es simplemente una repetición de lo que siempre he hecho?

Este tipo de preguntas nos dejan en un estado de vulnerabilidad, pero también de honestidad brutal. Porque el autoconocimiento no es solo mirar hacia adentro; es desafiar la forma en que encajamos en el mundo, aceptando que algunas partes de nosotros ya no pertenecen a quienes éramos. Tal vez el yo no sea algo que podamos encontrar de una vez por todas, sino algo que tenemos que construir una y otra vez. Al final, el conocimiento de uno mismo no es un destino al que llegamos, sino un proceso que requiere, constantemente, la valentía de cuestionarnos, de deshacernos de lo que ya no nos define y de abrirnos a una identidad en permanente construcción.

Y, sin embargo, después de toda esta lectura y reflexión, me doy cuenta de que aún no tengo una respuesta clara de quién soy. Si cada nuevo conocimiento de mí mismo cambia lo que soy, ¿alguna vez podré realmente conocerme?

Bibliografía:

  • Doidge, N. (2007). The brain that changes itself: Stories of personal triumph from the frontiers of brain science. Penguin.
  • Hollis, J. (1993). The middle passage: From misery to meaning in midlife. Inner City Books.
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Publicado primero en Medium medium.com/@dfmarulanda/el-retorno-de-saturno-e5d87465b347 · 2024-10-28

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