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Escrito originalmente en MediumRevisado para este sitio 11 min de lecturaEn español

Agencia: el poder de elegir en tiempos de automatización

Qué significa elegir con intención cuando los algoritmos, las expectativas sociales y la costumbre deciden por nosotros. Una reflexión sobre agencia y autonomía.

Cuando publiqué este texto en junio de 2025, tenía reciente una conversación fascinante sobre la consciencia y la agencia. Entre café y reflexiones apareció una idea que no ha dejado de rondarme: quizá la agencia, esa capacidad de elegir deliberadamente y actuar con propósito, sea lo que más nos diferencia de otros animales y, por ahora, lo que más nos separa de la inteligencia artificial. No sé si esa afirmación puede resolverse como una tesis científica. Sí sé que cambia la forma de mirar una decisión.

Unos meses antes, durante una cena con amigos, alguien preguntó: “Si estuvieras en verdaderos problemas en un país extranjero, ¿a quién llamarías primero?” Nadie mencionó a la persona más adinerada o influyente de su círculo. Cada uno nombró a alguien difícil de definir, pero fácil de reconocer: una persona capaz de navegar una situación compleja y encontrar un siguiente paso cuando los demás solo ven obstáculos.

En Colombia tenemos una expresión para eso: “esa persona sí resuelve”. La frase no describe necesariamente a la persona más rica, preparada o poderosa. Describe a alguien que actúa, que pide ayuda, que prueba una ruta y cambia de plan cuando hace falta. La agencia aparece ahí, en el paso de “alguien debería hacer algo” a “voy a hacer lo que esté a mi alcance”.

Agencia: el poder de elegir en tiempos de automatización

“No me queda otra opción”

“No me queda otra opción” puede ser una descripción honesta de una restricción. También puede cerrar la conversación antes de mirar qué alternativas quedan. La diferencia importa. No todo depende de nosotros: el dinero, la salud, la familia, las instituciones y la suerte ponen límites reales. La agencia no consiste en fingir que esos límites no existen. Consiste en identificar el margen de acción que permanece dentro de ellos.

Una persona puede no elegir la enfermedad de un familiar, la situación económica de su país o las reglas de una institución. Puede elegir pedir apoyo, cambiar de estrategia, poner un límite o decidir cómo responder. A veces ese margen es enorme. A veces solo permite sostenerse un día más. Llamarlo agencia no vuelve justa la restricción, pero evita que la restricción se convierta automáticamente en destino.

Observa con mirada crítica a quienes han dejado una huella significativa en la historia: Hipatia de Alejandría, Galileo, Leonardo da Vinci, Marie Curie, Gandhi o Mandela. No me interesa convertirlos en estampas motivacionales. Me interesa el patrón que solemos reconocer en sus trayectorias: se negaron a aceptar como definitivas ciertas limitaciones que para otros eran evidentes. La agencia no elimina las circunstancias. Puede abrir una grieta en la forma en que una persona actúa dentro de ellas.

Un concepto con muchos nombres

La palabra agencia no nació con la automatización. En filosofía aparece junto a la autonomía, el libre albedrío y la responsabilidad. En sociología, Anthony Giddens la utilizó para pensar la relación entre las estructuras que nos condicionan y la capacidad de actuar dentro de ellas. En psicología, Albert Bandura la describió como la capacidad de ejercer control sobre la naturaleza y la calidad de la propia vida. En organizaciones suele aparecer como autonomía, iniciativa o capacidad de decisión.

No son conceptos idénticos, pero apuntan a una pregunta común: ¿somos únicamente objetos de fuerzas externas o también podemos intervenir en lo que nos sucede? La respuesta no tiene que ser binaria. Una persona puede tener recursos limitados y, aun así, ejercer agencia en una decisión concreta. Otra puede tener muchas opciones y delegarlas todas por miedo, costumbre o agotamiento.

La agencia tampoco es una cualidad permanente. Hay días en que actuamos con atención y días en que apenas reaccionamos. No tendría sentido deliberar sobre cada microdecisión. El piloto automático ahorra energía cuando se ocupa de una rutina útil. El problema aparece cuando empieza a decidir asuntos que sí merecen nuestra atención: un trabajo que ya no elegimos, una relación que evitamos revisar, una opinión que repetimos porque pertenece a nuestro grupo.

El espectro entre reacción y autoría

Daniel Kahneman popularizó en Thinking, Fast and Slow la distinción entre un pensamiento rápido, automático, y otro más lento y deliberativo. La distinción me sirve como metáfora, no como una medición de la agencia de cada persona. La reacción rápida es necesaria. La deliberación también. La pregunta es cuándo conviene pasar de una a otra.

La agencia alta no significa pensar lentamente todo el tiempo. Significa reconocer qué decisión merece energía y activar esa atención cuando importa. Puede ser cambiar una rutina, admitir que una elección salió mal, pedir una segunda opinión o dejar de esperar el momento perfecto. También puede significar aceptar que una decisión ya no es nuestra porque la delegamos conscientemente en alguien con más experiencia.

Carol Dweck, en Mindset, ofrece otra forma de mirar el asunto al distinguir entre una mentalidad fija y una mentalidad de crecimiento. Una persona que interpreta sus capacidades como inmutables puede dejar de intentar antes de empezar. Una persona que entiende que puede aprender suele experimentar más. No significa que el esfuerzo garantice el resultado. Significa que la interpretación de una limitación puede ampliar o contraer el margen desde el cual actuamos.

La agencia en personas concretas

Los ejemplos históricos ayudan cuando no los usamos para borrar su complejidad. Galileo representa, en mi lectura, la disposición a cuestionar un axioma y trabajar durante años para sostener una observación frente a autoridades que la rechazaban. Hipatia representa la decisión de habitar y expandir espacios intelectuales que no estaban pensados para ella. Mandela muestra una agencia sostenida en una situación de confinamiento extremo, no porque la prisión dejara de ser una restricción, sino porque no agotó su capacidad de imaginar y preparar otro futuro.

Frida Kahlo ofrece otro tipo de ejemplo. Su agencia no consistió en escapar del dolor físico, sino en convertir su cuerpo y su experiencia en materia de una obra propia. No hace falta afirmar que su sufrimiento fue “necesario” para reconocer la decisión de trabajar con aquello que la vida le había impuesto.

Estos casos no demuestran que la agencia sea una fuerza mágica ni que todas las personas tengan las mismas posibilidades. Muestran por qué la reconocemos como un recurso. En contextos muy distintos, algunas personas identifican un espacio de acción, movilizan recursos y persisten cuando la respuesta más fácil sería aceptar que nada puede cambiar.

Lo que estrecha ese espacio

Hay obstáculos modernos que vuelven difícil elegir con atención. La sobrecarga informativa nos deja consumiendo titulares sin evaluar qué merece una respuesta. Las expectativas sociales presentan una ruta como si fuera la única razonable. El exceso de opciones puede paralizar. La tecnología, cuando se presenta como inevitable, nos invita a aceptar sus efectos antes de discutir quién los decidió.

También existe la indefensión aprendida, un concepto estudiado por Seligman y Maier a partir de experimentos donde una experiencia incontrolable interfería con el escape posterior. No la entiendo como una falla moral ni uso esos experimentos para diagnosticar a una persona. La idea sí ayuda a nombrar cómo una historia de falta de control puede estrechar lo que creemos posible.

Por eso la agencia empieza con una observación incómoda. Piensa en las frases que todos hemos pronunciado:

  • “No tengo otra opción”. ¿No existe ninguna alternativa, o las alternativas exigen algo que no estoy dispuesto a dar?
  • “Así son las cosas”. ¿Es una descripción de un límite, o una manera de no investigar quién podría modificarlo?
  • “Yo soy así”. ¿Es una aceptación útil, o una sentencia que ya no permite experimentar?

No se trata de convertir cada restricción en una prueba de voluntad. Se trata de separar lo que no podemos controlar de lo que hemos dejado de mirar.

Agencia: el poder de elegir en tiempos de automatización

Cuando los sistemas empiezan a elegir

La automatización vuelve visible esta tensión. Una plataforma decide qué vemos, un sistema recomienda qué comprar y una herramienta redacta una respuesta antes de que terminemos de formularla. Delegar no es necesariamente malo. Puede ser una buena decisión si libera atención para algo más importante. El riesgo aparece cuando olvidamos que delegamos y llamamos “preferencia” a lo que simplemente apareció primero.

Por eso me incomoda el uso de la palabra agente para describir cualquier sistema automatizado. Un sistema puede seguir instrucciones, seleccionar acciones dentro de un entorno y producir resultados sorprendentes. Eso describe una autonomía operativa. No resuelve por sí solo las preguntas que asociamos con la agencia humana: qué considera valioso, qué responsabilidad asume y qué hace cuando sus objetivos entran en conflicto.

Los llamados agentes de IA actuales no tienen que ser inútiles para que esta distinción importe. Pueden transformar la forma en que trabajamos. Pero que una herramienta actúe sobre el mundo no significa automáticamente que tenga propósito propio. El marketing tecnológico toma una palabra cargada de historia y la convierte en una etiqueta de producto. Conviene no dejar que la etiqueta cierre la conversación sobre responsabilidad.

Mi preocupación es más concreta: que cedamos decisiones importantes sin notar que las cedimos. La pregunta no es si debemos rechazar toda recomendación. Es quién conserva el derecho y la capacidad de revisar la recomendación.

El espejo del NPC

En Siempre es hoy escribí sobre las rutinas que parecen programas instalados de fábrica y usé la metáfora del NPC, el personaje de un videojuego que repite un guion. La imagen es útil cuando señala patrones: conversaciones que repiten las mismas respuestas, culpas que siempre apuntan hacia fuera, decisiones que obedecen al grupo antes de preguntarnos qué pensamos.

También puede ser una metáfora injusta si la usamos para mirar a los demás desde arriba. Todos habitamos alguna zona automática. El problema no es vivir así de vez en cuando, sino no poder reconocerlo cuando una decisión merece deliberación. El agente no es quien controla cada detalle de su vida. Es quien puede volver al modo manual cuando importa.

Agencia: el poder de elegir en tiempos de automatización

La agencia como capital

Pierre Bourdieu habló de capital económico, social y cultural en “The Forms of Capital”, para describir recursos que se acumulan y abren o cierran oportunidades. Esa mirada es indispensable porque recuerda que las trayectorias no empiezan en el mismo lugar. El dinero, las redes, la educación, la salud y el tiempo cambian el tamaño del margen disponible.

Mi argumento es que la agencia funciona como otro tipo de capital: la capacidad de percibir posibilidades, actuar sobre ellas y convertir otros recursos en movimiento. No es el único factor que explica el éxito, ni una propiedad que se distribuya de manera justa. Es lo que, en mi lectura, ayuda a determinar qué hacemos con las condiciones que recibimos.

Las narrativas convencionales atribuyen los logros excepcionales a una forma de capital. Se dice que alguien triunfó por su dinero inicial, por sus credenciales o por sus contactos. Esas cosas importan. Pero también vemos personas con recursos similares que toman decisiones distintas, perseveran de otra forma o no convierten sus ventajas en resultados. La agencia no reemplaza el capital económico, social o cultural. Ayuda a explicar cómo se despliega.

Por eso sigo pensando que es un diferenciador importante entre quienes logran transformar sus circunstancias y quienes permanecen atrapados en ellas. No porque quien no prospera carezca de agencia, sino porque el margen para ejercerla puede ser más pequeño, estar bloqueado o requerir un costo que no todos pueden pagar. La tesis solo es útil si conserva ambas partes: la acción individual importa y las condiciones importan.

La agencia puede cultivarse mediante prácticas concretas: revisar una decisión, experimentar a pequeña escala, construir sistemas que sostengan una intención y pedir ayuda a personas que resuelven. Su naturaleza democrática no significa que todos partamos del mismo sitio. Significa que no depende exclusivamente de heredar una fortuna, una red o una credencial para empezar a ejercer un margen de decisión.

El ¿por qué? detrás de tus decisiones

Toma las tres últimas decisiones importantes que hayas tomado. Puede ser un cambio laboral, una compra, una relación iniciada o terminada. Pregúntate:

  1. ¿Qué parte nació de una convicción propia?
  2. ¿Qué parte fue una respuesta al miedo, el cansancio o la presión?
  3. ¿Qué parte apareció porque era la opción esperada por tu entorno?
  4. ¿Qué información podría hacerte cambiar de opinión?

No busques una explicación perfecta. Busca el punto en el que todavía puedes actuar. La alta agencia no depende de declarar intenciones valientes. Se ve en la brecha entre lo que afirmamos valorar y lo que nuestras acciones cotidianas sostienen.

La voluntad tampoco es infinita. Si una decisión importa, conviene diseñar un entorno que la haga posible: retirar una distracción, establecer una conversación, reservar tiempo, documentar una opción o automatizar una rutina que sí queremos conservar. La paradoja es que a veces protegemos la agencia automatizando lo secundario para deliberar sobre lo esencial.

Agencia: el poder de elegir en tiempos de automatización

Conclusión: elegir sin prometer control total

La agencia es, en mi lectura, el capital fundamental que permite convertir otros recursos en acción. No es la explicación científica única de quién prospera. No borra la desigualdad, la enfermedad ni el azar. Tampoco convierte cada fracaso en responsabilidad individual. Es una capacidad situada: crece o se reduce según el apoyo, los riesgos y las opciones reales que rodean a una persona.

Pero incluso con esas reservas, sigue siendo un recurso valioso. Sin agencia, los recursos más abundantes pueden permanecer inertes. Con ella, recursos limitados pueden encontrar una dirección y acumularse poco a poco. La diferencia no está en cuánto controlamos, sino en si reconocemos qué parte de la situación todavía podemos influir.

En un mundo donde los sistemas automatizados toman cada vez más decisiones por nosotros, desarrollar esa atención se vuelve un acto de resistencia. Pregúntate qué estás delegando y por qué. No rechaces toda recomendación. Conserva la capacidad de revisar aquello que importa.

¿Qué estás eligiendo hoy por inercia? ¿Qué restricción es real y cuál se ha convertido en una frase repetida? Empieza por una decisión pequeña. No necesariamente mejor ni más eficiente: más consciente, más intencional, más tuya.

Dónde salió primero

Publicado primero en Medium medium.com/@dfmarulanda/agencia-el-poder-de-elegir-en-tiempos-de-automatizaci%C3%B3n-99fa804bf053 · 2025-06-03

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