
En septiembre de 2024, después de una larga conversación con @SoyFira y varias charlas profundas con dos amigos cercanos, me quedé pensando en lo mucho que había aprendido ese año. Decidí escribirlo no porque tuviera todas las respuestas, sino porque tratar de sentir había sido tan confuso como revelador. Siempre he preferido racionalizar las emociones en lugar de vivirlas. Ese año me empujó a un territorio nuevo, y compartirlo fue una forma de aceptar que entender lo que sentía podía empezar por vivirlo, reconocerlo y dejarlo fluir.
O al menos, eso es lo que me dicen.
Siempre he sido de emociones planas, alguien que observa la vida desde un lugar neutral, sin esos picos de alegría o tristeza que parecen tan comunes en otros. La vida me ha mostrado cosas buenas y malas, pero a menudo he respondido a ellas con un simple asentimiento, como si todo pudiera sobrellevarse con una mirada fría y racional. No es que no sienta, sino que siempre he sentido menos, o tal vez, de una manera más amortiguada. Pero ese año me enseñó algo que no esperaba: en medio de esa calma, en ese terreno firme que creía tener bajo control, había emociones más profundas que solo esperaban el momento para salir a la superficie y desestabilizar todo lo que creía cierto.
Todo comenzó lentamente, como si los pequeños cambios a finales del año anterior fueran solo problemas circunstanciales. Pero lo que parecía manejable al principio fue ganando peso, hasta que la acumulación fue demasiado. Primero, la empresa a la que le había dedicado años empezó a ir mal. No se trataba de problemas financieros; era como si todo lo que había construido con esfuerzo comenzara a desmoronarse. Y lo peor es que, mientras sucedía, no sentía el pánico ni la desesperación que uno esperaría ante una situación así. No estaba desbordado de emociones, solo había una especie de impotencia controlada, como si mi mente insistiera en que todo se podía arreglar si seguía buscando soluciones. Esa calma, que siempre me había parecido una fortaleza, comenzaba a parecerme extraña en medio de tanto caos.
Poco después, la enfermedad de mi mamá empeoró significativamente. Esto me obligó a cambiar completamente mis planes. Había decidido mudarme a México, iniciar una nueva etapa de mi vida, pero ese plan se desvaneció en el momento en que supe que mi hermano, quien es quien cuida de mi madre, me necesitaba. Así que dejé de lado mis planes y volví a Medellín, la ciudad en la que crecí pero en la que siempre me he sentido ajeno.
Medellín, que debería ser mi hogar, siempre ha despertado en mí una extraña sensación de desconexión. Volver aquí no me trajo estabilidad ni una sensación de pertenencia, como esperaba; al contrario, amplificó mi sentimiento de no encajar. Las calles que solían ser familiares ahora se sentían distantes, como si caminara entre recuerdos de una vida que ya no es mía. Cada esquina es una mezcla de nostalgia y extrañeza, y aunque es la ciudad donde crecí, me recuerda constantemente que no pertenezco completamente a ningún lugar. Y esa sensación de estar fuera de lugar no se limita a la ciudad; ha sido una constante en mi vida, moviéndome entre diferentes mundos, pero sin encontrar un sitio donde verdaderamente me sienta parte de algo.
Y en medio de todo esto, la ruptura con la persona que más he amado fue el golpe final. Ella decidió que no era el momento para estar juntos, y esa decisión me dejó sin suelo firme. Siempre pensé que no era alguien que sentía profundamente, o al menos eso creía. Pero cuando ella se fue, algo dentro de mí se rompió de una manera que no sabía que era posible. Mi primer instinto fue el mismo de siempre: tratar de entenderlo. ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Qué lo había causado? Como si desentrañar las razones detrás de su partida pudiera aliviar el impacto de su ausencia.
Es curioso cómo, en su afán por mantener el control, la mente busca constantemente explicaciones. Pasé gran parte de ese año intentando racionalizar lo que me sucedía, intentando darle sentido a cada pérdida y a cada cambio. Pero llegué a un punto en el que me di cuenta de que no tenía suficientes respuestas. Y fue ahí cuando me di cuenta de que no solo era incapaz de sentir profundamente, sino que tampoco sabía gestionar lo que estaba pasando dentro de mí. Esa fue la razón por la que terminé leyendo a Daniel Goleman.
Mientras leía Inteligencia emocional de Daniel Goleman, encontré útil la expresión “secuestro de la amígdala” para nombrar la sensación de que una emoción te sobrepasa. Rara vez había reconocido esa experiencia en mí. Sentía como si mis emociones llegaran filtradas y controladas, como si hubiera aprendido a mantener el sentir a distancia. Esta es una metáfora personal de lo que me pasaba, no un diagnóstico ni una afirmación sobre mi cerebro.
Intentar controlar mis emociones me había llevado a suprimirlas. Necesitaba algo más físico que otra explicación. Fue entonces cuando el yoga y la meditación empezaron a tener sentido. Los entendí como prácticas que podían ayudarme a notar lo que pasaba en mi cuerpo en lugar de explicarlo de inmediato. Por primera vez, todo esto no era solo teoría: era algo tangible que podía practicar.
Aun así, por más que había leído y aprendido, todavía no había logrado soltar el control. Había estado practicando yoga y meditación, intentando conectar más con mis emociones, pero seguía luchando. Mis amigos me decían que debía dejarme llevar; para mí, eso era como intentar atrapar humo con las manos. Ese año me obligó a enfrentar la distancia entre lo que sentía y lo que creía que debería sentir.
Es como en Dune, uno de mis libros favoritos, donde Paul Atreides debe atravesar una tormenta de arena y sobrevivir dejando que la nave sea arrastrada por ella. Pero yo soy incapaz de dejar de manejar la nave. Aunque sigo luchando con esa pregunta, algo ha cambiado: he empezado a aceptar que las emociones no tienen que ser comprendidas para ser vividas. Tal vez necesito tiempo para aprender a soltar el control, paso a paso, y dejarme arrastrar por mi propia tormenta.

