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19 min de lecturaEn español

Ganar cinco millones no es ser rico

Pobreza, ingresos y percepción de riqueza en Colombia frente a otros países: qué compra un salario y qué libertad permite construir el patrimonio.

He tenido discusiones sobre cuánto hay que ganar en Colombia para ser rico. Cinco millones de pesos aparecen en esa conversación como si la cifra pudiera resolverla. A mí me deja pensando en lo poco que hemos aprendido a esperar: que el arriendo no nos quite el sueño, que una enfermedad no desbarate las cuentas, que quede algo después de pagar. Desde un ingreso que no alcanza para terminar el mes, cinco millones pueden cambiar una vida. Precisamente por eso me cuesta aceptar que esa tranquilidad sea lo que llamamos riqueza.

La frase que me sale es dura: somos tan pobres que cualquier otro pobre nos parece rico. Es mi manera de expresar una inquietud que aparece en esas discusiones, no algo que pueda atribuirle a todo un país. Cuando la necesidad ocupa casi todo, el alivio de otro puede parecer una fortuna. Entender desde dónde mira esa persona me parece más útil que explicarle, desde lejos, que está equivocada. Pero también quiero discutir por qué hemos terminado tratando una vida sin angustia permanente como una aspiración extraordinaria.

Mi posición, llevada hasta el extremo, es esta: quien necesita trabajar para vivir sigue siendo pobre, así gane un millón o cien millones de pesos. Estoy hablando de la falta de libertad para detenerse. Entre esos dos ingresos hay diferencias enormes de bienestar, poder y capacidad de ahorro; compartir una dependencia no significa compartir la misma vida. Esa frase tampoco es una definición estadística de pobreza. Es una forma de preguntar cuánto de lo que llamamos riqueza desaparece cuando deja de llegar el siguiente pago.

Un salario dice cuánto recibes por trabajar durante un período. Para saber si eres rico faltan otras preguntas: qué tienes, qué debes, cuántas personas dependen de ti y cuánto de su vida puedes sostener sin seguir vendiendo tu tiempo.

Cinco millones, ¿para cuántos?

En la clasificación del DANE para 2025, la clase media abarca ingresos mensuales entre $943.791 y $5.081.953 por persona dentro del hogar. La clase alta empieza por encima del segundo valor. El informe ubica al 28 % de la población en pobreza, al 30,7 % en vulnerabilidad, al 38 % en clase media y al 3,3 % en clase alta. Son categorías de ingreso, no un inventario de fortunas. DANE, clases sociales 2025, publicado en agosto de 2026.

La parte decisiva es «por persona». La medición utiliza el ingreso corriente de la unidad de gasto: las personas cuyos ingresos y necesidades se contabilizan conjuntamente, con las exclusiones que establece el DANE. No toma simplemente el salario bruto de una de ellas. Supongamos que cinco millones son todo el ingreso mensual de esa unidad, medido de manera compatible con la clasificación. La cuenta cambia así:

PersonasIngreso total mensualIngreso mensual por persona
Una$5.000.000$5.000.000
Dos$5.000.000$2.500.000
Cuatro$5.000.000$1.250.000
Seis$5.000.000$833.333

Las tres primeras filas quedan dentro de la banda media de 2025. Para cuatro personas, el ingreso combinado tendría que superar $20.327.812 mensuales para cruzar el umbral alto: $5.081.953 multiplicado por cuatro. La nómina que parecía resolver la discusión ya necesita un denominador. Umbrales del DANE y definición del ingreso de la unidad de gasto, página 2.

La línea nacional de pobreza monetaria de 2025 fue de $482.041 mensuales por persona: $1.928.164 para cuatro integrantes. Es una referencia nacional de una canasta básica alimentaria y no alimentaria; las líneas aplicables varían según el dominio geográfico. DANE, boletín de pobreza monetaria 2025.

En ese mismo año, el salario mínimo básico era de $1.423.500 y el auxilio de transporte, para quienes tenían derecho a recibirlo, de $200.000. Sumados daban $1.623.500 antes de descuentos. Repartidos entre cuatro personas serían $405.875 por cabeza, por debajo de la referencia nacional. Es un ejemplo de dinero disponible, con un solo ingreso y sin otros componentes de la medición; la clasificación real depende también de esos componentes y de la línea local. Aun así, muestra por qué tener un empleo que paga el mínimo no basta para dar por resuelta la situación de todo el hogar. Secretaría Jurídica de Bogotá, salario y auxilio para 2025.

Salir de la pobreza monetaria importa. Pero yo esperaría que una vida digna incluyera también poder enfermarse, descansar, cuidar a alguien, reponer lo que se daña y guardar dinero para después. Cruzar un umbral no responde por sí solo cuánto de eso se volvió posible. Me preocupa que el comienzo de una mejora termine convertido en el límite de nuestra ambición.

El salario del medio

En febrero de 2026, el Decreto 159 fijó transitoriamente el mínimo básico en $1.750.905. El auxilio de transporte es de $249.095 para quienes cumplen las condiciones; ambos suman $2.000.000 antes de descuentos. Cinco millones equivalen a unas 2,86 veces el básico de 2026, frente a 3,51 veces el de 2025. Son proporciones nominales: no miden cuánto compra ese dinero ni permiten aplicar una línea de pobreza de 2025 a un hogar de 2026. Decreto 159 de 2026 y Decreto 1470 de 2025, auxilio para 2026.

También conviene distinguir el promedio de la mediana. Imaginemos cinco personas con ingresos mensuales de uno, uno, uno, uno y veintiún millones. El promedio es cinco millones; la mediana, el valor que queda en el centro al ordenarlos, es un millón. Ninguna gana el promedio y cuatro ganan apenas una quinta parte de él. La cuenta es inventada, pero la diferencia entre las dos medidas importa: un promedio alto puede convivir con una mayoría muy lejos de esa cifra.

La OCDE calcula que en Colombia, en 2024, el salario mínimo bruto equivalía aproximadamente al 92 % del salario mediano bruto de los trabajadores de tiempo completo, la relación más alta entre sus miembros. A la vez, señala que el mínimo colombiano tiene bajo poder de compra en la comparación internacional. El porcentaje describe una relación entre dos salarios, no la proporción de colombianos que gana el mínimo. OCDE, revisión laboral y social de Colombia 2026, capítulo 4.

Un mínimo puede estar cerca del salario del trabajador del medio y seguir comprando poco. Esa combinación me ayuda a entender por qué alejarse unos pocos mínimos puede sentirse como un salto enorme. La comparación cotidiana empieza en lo que conocemos, no en todo lo que sería posible tener.

El país tampoco cabe en un promedio

La pobreza monetaria bajó del 31,8 % en 2024 al 28 % en 2025: una reducción de 3,8 puntos porcentuales. En 2025 fue del 24,6 % en las cabeceras y del 39,5 % en centros poblados y rural disperso. Entre los dominios urbanos publicados por el DANE, Quibdó registró 61,7 %, Bogotá 17,8 % y Medellín, 16,7 %. DANE, presentación de resultados, páginas 14 y 33.

La reducción merece reconocerse. Descartarla porque quienes cruzaron la línea todavía necesitan trabajar sería perder de vista lo que estamos discutiendo. También sería un error hablar de Colombia como si esas condiciones territoriales fueran equivalentes. El país desde el cual se juzgan los cinco millones cambia mucho según dónde transcurre la vida.

Hay otras dimensiones. La pobreza multidimensional fue del 9,9 % en 2025 y considera privaciones en educación, niñez y juventud, trabajo, salud, vivienda y servicios públicos. Responde una pregunta diferente de la pobreza monetaria; ambas tasas no se suman. Tampoco el estrato sustituye ninguna de ellas: clasifica inmuebles residenciales, no el patrimonio de sus habitantes. DANE, pobreza multidimensional 2025 y preguntas sobre estratificación.

Mirar afuera sin cambiar la regla

Si comparo el porcentaje oficial de pobreza colombiano con el de otro país, puedo estar comparando canastas y métodos distintos. El Banco Mundial ofrece una referencia común: 8,30 dólares internacionales diarios por persona, a paridad de poder adquisitivo de 2021, asociada a las condiciones de países de ingreso mediano alto. La paridad busca comparar capacidad de compra; no consiste en multiplicar dólares por la tasa de cambio del día. Esta tampoco es la línea internacional de pobreza extrema, que es de 3 dólares con esa misma base. Banco Mundial, actualización de las líneas internacionales de pobreza.

Con la referencia de 8,30 dólares, la comparación regional para 2024 queda así:

PaísPoblación bajo la línea, 2024
Chile4,5 %
Uruguay5,9 %
Brasil20,6 %
México21,4 %
Perú36,2 %
Colombia37,0 %

Fuente: Banco Mundial, indicador SI.POV.UMIC, consulta del 7 de septiembre de 2026. Todas las filas corresponden a 2024. El 37 % colombiano difiere del 31,8 % nacional del DANE para ese año porque cambia la línea de medición.

No hace falta llegar hasta Noruega para encontrar una proporción mucho menor bajo esa referencia. Chile y Uruguay están en nuestra región. Sus cifras no entregan una política lista para copiar, pero sí cuestionan la resignación: ser latinoamericanos no nos condena a un único nivel de pobreza.

Para ampliar la mirada a países de Asia, África, Europa y a Estados Unidos, uso 2022, un año con observaciones para todos los países seleccionados. Colombia también vuelve a 2022. Incluyo ambas líneas para mostrar cuánto cambia la pregunta al exigir un piso distinto de capacidad de compra:

PaísBajo 3 dólares diarios PPA, 2022Bajo 8,30 dólares diarios PPA, 2022
Francia0,1 %0,4 %
Estados Unidos1,4 %2,2 %
España0,8 %2,4 %
China0,0 %21,3 %
Vietnam1,6 %21,5 %
Colombia9,3 %40,2 %
Sudáfrica17,4 %59,6 %
Indonesia7,9 %70,3 %
India5,3 %82,1 %
Kenia45,5 %90,1 %

Fuente: Banco Mundial, población bajo 3 dólares y 8,30 dólares, base PPA 2021. Son porcentajes de población y observaciones de encuestas que pueden medir ingreso o consumo; la armonización permite esta comparación, con esas diferencias de origen. Ningún país representa por sí solo a su continente.

En India, 5,3 % bajo la línea extrema y 82,1 % bajo la referencia más amplia describen condiciones diferentes. Leer la segunda cifra como si ocho de cada diez personas estuvieran en pobreza extrema sería falso. El 0,0 % redondeado de China tampoco significa que allí no haya privaciones. La línea elegida cambia lo que podemos afirmar sobre una vida. Banco Mundial, definición de sus líneas internacionales.

La comparación también pone a prueba los países que uno elige para sentirse mejor o peor. China y Vietnam aparecen por debajo de Colombia en ambas líneas; Indonesia e India cambian de posición respecto a Colombia según cuál usemos. Kenia y Sudáfrica tampoco ofrecen una sola realidad africana. Mirar únicamente a quien está peor podría servir para pedirnos conformidad, del mismo modo que mirar solo a Francia podría borrar todo lo que Colombia ha mejorado. A mí me interesa reconocer la distancia recorrida sin convertirla en una razón para dejar de exigir.

Estar en la mitad no compra lo mismo en todas partes

La etiqueta «clase media» también cambia con la regla. En su estudio de 2019, la OCDE utiliza ingresos entre el 75 % y el 200 % de la mediana nacional. Así ubica a las personas respecto a su propio país; no garantiza un nivel de consumo compartido entre países ni coincide con las bandas del DANE. OCDE, definición de hogares de ingreso medio.

Para comparar capacidad de compra, esta tabla usa ingreso disponible mediano anual: incorpora transferencias monetarias y descuenta impuestos directos y cotizaciones sociales. La OCDE ajusta por tamaño del hogar y expresa los resultados en dólares PPA. Son ingresos de hogares ajustados, no salarios individuales.

PaísIngreso disponible mediano anual ajustado, dólares PPA
México6.090
Chile10.101
España26.630
Francia30.622
Noruega41.621
Estados Unidos46.625

Fuente: OCDE, figura 4.1 de Society at a Glance 2024, referencia 2021, valores redondeados. La publicación no dispone de un dato colombiano comparable. Definición y notas.

El ajuste divide el ingreso por la raíz cuadrada del número de integrantes para reconocer necesidades compartidas. En un hogar de cuatro personas, cuatro millones disponibles se convierten en dos millones de ingreso equivalente, frente a un millón si dividimos por persona. No apareció dinero: cambió la unidad. Por eso las cifras de esta tabla no se pueden trasladar directamente a las bandas del DANE.

Lo que sí muestran es cuánto esconde estar «en la mitad». Esa posición puede ofrecer capacidades de compra muy diferentes. El PIB por habitante tampoco diría cuánto recibe la persona del medio: repartir el valor de la producción entre habitantes no equivale a mirar sus ingresos.

Estados Unidos obliga a hacer otra distinción. Aunque apenas el 2,2 % aparezca bajo los 8,30 dólares de la tabla anterior, la OCDE reporta alrededor de 18 % de pobreza relativa estadounidense en 2022: ingresos por debajo del 50 % de la mediana del propio país. No hay contradicción. Una medida usa un piso internacional de capacidad de compra; la otra, la distancia respecto al ingreso central de esa sociedad. OCDE, pobreza por ingresos, Society at a Glance 2024.

Podemos aspirar a más capacidad de compra y también a que menos personas queden muy rezagadas respecto a la vida corriente. Una de esas aspiraciones no vuelve innecesaria la otra.

Desde dónde se ve la riqueza

Si estás resolviendo cómo pagar el arriendo, alguien que lo paga sin angustia tiene algo que a ti te falta. Si debes escoger qué cuenta dejas vencer, poder pagarlas todas puede parecer abundancia. Mirar desde la necesidad no es una falla moral. La tranquilidad tiene un valor inmenso cuando no la tienes, y una discusión sobre patrimonio que ignore eso termina despreciando lo que dice querer entender.

La responsabilidad también existe del otro lado. Decirle a alguien que apenas sobrevive que cinco millones no son nada sería desconocer lo que ese dinero podría cambiarle. Un buen salario compra posibilidades: ahorrar, resolver una urgencia, ayudar en la casa, elegir mejor el siguiente trabajo. Estar lejos de una gran fortuna no elimina esas ventajas. Desde abajo se puede confundir el alivio ajeno con riqueza; desde un ingreso cómodo se puede usar la distancia frente a los más ricos para dejar de ver a todos los que están detrás.

Hay datos sobre cómo se percibe la pobreza. En la Encuesta Nacional de Calidad de Vida de 2025, el 37,6 % de los jefes de hogar o sus cónyuges se consideraba pobre. En las cabeceras era el 31,2 % y en centros poblados y rural disperso, el 60,1 %. DANE, presentación ECV 2025, página 46 del PDF.

Esta pregunta escucha a quien responde por el hogar; la pobreza monetaria clasifica personas según sus ingresos. Restar ambas tasas no diría cuánta gente «se equivoca». Tampoco nos diría quién considera rico a alguien que gana cinco millones. Lo que me importa de incluir esa pregunta es que reconoce una experiencia que el ingreso no agota. Qué papel juegan ahí el miedo a una urgencia, la inestabilidad o la imposibilidad de ahorrar requiere investigación adicional; la respuesta merece ser escuchada antes de ser corregida.

La identificación de clase varía también entre países. Un informe de la OCDE publicado en 2019, con observaciones de distintos años, encontraba que alrededor de dos tercios de la población se identificaba como clase media. En Países Bajos y Suiza la proporción rondaba cuatro de cada cinco; en Brasil, Chile, Portugal y Reino Unido, dos de cada cinco o menos. Es una comparación histórica de identidad de clase, no una encuesta actual sobre quién es rico. OCDE, Under Pressure.

Esas diferencias me hacen desconfiar de una explicación que reduzca todo a que los colombianos no sabemos reconocer la riqueza. Las palabras expresan también pertenencia y expectativas. Puedo discutir el criterio de alguien sin tratarlo como incapaz de entender su propia vida. Y puedo aceptar que tiene razón sobre lo mucho que le cambiarían cinco millones, aunque siga pensando que esa cifra no demuestra riqueza.

Lo que queda cuando deja de entrar

El patrimonio neto es el valor de los activos menos las deudas: ahorros, inversiones, participaciones en negocios o vivienda, descontando las obligaciones correspondientes. Es lo acumulado en un momento, distinto del ingreso que llega durante un período. OCDE, guía de estadísticas sobre patrimonio de los hogares.

Imaginemos un inmueble de mil millones con una deuda de ochocientos. Deja doscientos millones de patrimonio neto asociados a ese inmueble, antes de costos de venta. La cifra grande impresiona; la deuda sigue existiendo aunque desaparezca de la conversación. Además, esos doscientos millones no están necesariamente disponibles para hacer mercado. La casa cuenta como patrimonio incluso si no produce arriendo, pero su valor y el dinero disponible cumplen funciones distintas.

Otro ejemplo: sesenta millones líquidos frente a gastos básicos de cinco millones al mes representan doce meses de respaldo, sin rendimientos, inflación ni imprevistos. Doce meses permiten decisiones que no caben en una quincena. También se terminan. Tener patrimonio, disponer de efectivo y poder sostenerse sin trabajar son condiciones relacionadas, pero ninguna sustituye automáticamente a las otras.

Los promedios pueden confundir aquí de nuevo. La Reserva Federal encontró que en Estados Unidos el patrimonio neto familiar mediano era de 192.900 dólares en 2022, mientras el promedio llegaba a 1.063.700 dólares, ambos en dólares de ese año. El promedio era unas 5,5 veces la mediana. Son unidades familiares de la encuesta, no individuos, y su patrimonio no es todo efectivo. Reserva Federal, Survey of Consumer Finances 2022, publicada en 2023.

«La familia promedio tiene más de un millón de dólares» puede ser correcto y producir una imagen muy equivocada de la familia que está en el centro. Una cifra puede estar bien calculada y mal usada. Lo mismo ocurre cuando convertimos una nómina en una afirmación sobre todo lo que alguien posee.

La OCDE recoge incluso una medida de pobreza de activos: si el patrimonio financiero líquido alcanza para sostener al hogar durante tres meses al nivel de la línea de pobreza por ingresos. No hay una definición universal, pero esa pregunta incorpora lo que la foto del ingreso mensual deja fuera: qué pasa cuando falla. OCDE, glosario sobre ingresos y patrimonio.

Mi frase también tiene un límite

Cien millones mensuales ofrecen una capacidad de ahorro y acumulación radicalmente distinta de un millón. Si alguien necesita seguir ganándolos para mantener gastos de lujo, llamar pobre a esa persona por sus gastos sería confundir una preferencia con una privación. Tampoco se vuelve pobre quien tiene un patrimonio enorme y decide trabajar. La libertad que me interesa es poder elegir, no dejar de trabajar como prueba de estatus.

Y hay una objeción en sentido contrario: una pensión suficiente para una vida modesta puede permitir detenerse sin convertir a nadie en dueño de una fortuna. La independencia económica y la riqueza se cruzan, pero no son sinónimos. Si quiero que mi argumento sirva, tengo que aceptar eso incluso cuando le quita contundencia a la frase inicial.

Sigo pensando que depender del próximo pago revela una falta de libertad que un buen sueldo puede disimular. Llamarla pobreza es mi forma de discutir lo que estamos dispuestos a aceptar; no basta para describir todas las condiciones materiales de una persona. Un salario alto puede ayudar a construir riqueza. La cifra del salario no demuestra que esa riqueza ya exista. Esa es la parte de mi argumento que se sostiene sin obligarnos a fingir que todos estamos en las mismas.

Peleamos pobres con pobres

Cuando digo que peleamos pobres con pobres, pienso en lo que perdemos si una diferencia salarial basta para dejar de reconocer necesidades compartidas. Alguien que gana el mínimo y alguien que gana cinco millones tienen márgenes distintos para enfrentar una urgencia o perder el empleo. Pero ambos pueden necesitar trabajar para sostener su hogar, cuidar a sus hijos o acompañar una enfermedad. Sus dificultades no tienen que ser iguales para que puedan defender mejores condiciones juntos.

Me preocupa que la conversación se agote en decidir quién tiene derecho a reclamar: que a quien gana más se le exija conformarse porque otros están peor, y que quien gana más interprete la dificultad ajena como falta de esfuerzo. Tener a alguien debajo no debería obligarnos a renunciar a mejorar la propia vida. Tampoco debería darnos permiso para desentendernos de la suya.

A eso me refiero cuando pienso que esta posición también nos mantiene pobres. La pobreza no se arregla cambiando de actitud. Mi preocupación es política: si pagar una vivienda y ahorrar ya nos parece vivir como ricos, podemos terminar tratando esas aspiraciones como privilegios que pocos merecen. Me inquieta que la discusión por una palabra reduzca lo que creemos legítimo exigir. Es una interpretación de nuestras expectativas, no una causa de la pobreza demostrada por las cifras.

Reconocer algo compartido tampoco exige aportar lo mismo ni recibir la misma prioridad. Quien gana más tiene mayor capacidad para contribuir; quien enfrenta hambre necesita una respuesta más urgente que quien quiere ampliar sus ahorros. Además, un asalariado puede ser propietario, recibir una herencia o tener un patrimonio considerable. El trabajo y la propiedad pueden coexistir en la misma persona. La solidaridad pierde sentido si para construirla tenemos que borrar esas diferencias.

Quisiera que pudiéramos alegrarnos de que otro trabajador gane mejor y defender que esa mejora llegue a más personas. Que el esfuerzo propio no nos impida reconocer lo que otros necesitan. Entender desde dónde mira alguien debería ampliar nuestra conversación, no convertir su necesidad en el límite de lo que puede esperar.

La seguridad también se construye entre todos

Si la única conclusión fuera «compra activos para no necesitar trabajar», dejaríamos sin respuesta a quien apenas puede comer. También estaríamos reduciendo la seguridad a lo que cada persona logra financiar sola. Una pensión, un ingreso de reemplazo o un servicio público que funciona pueden proteger una vida sin que su dueño tenga una gran cartera de inversiones.

La OCDE muestra esa dimensión en Government at a Glance 2025: con referencia 2021 o el último año disponible, la pobreza relativa promedio pasa de 27 % antes de impuestos y transferencias a 11 % después. Francia registra una reducción de 28 puntos porcentuales y Finlandia, de 27. La referencia es el 50 % de la mediana del ingreso disponible ajustado. OCDE, pobreza y desigualdad, 2025.

La comparación incluye pensiones y otras transferencias; es contable, no un experimento sobre qué ocurriría si desapareciera el Estado. Aun con ese límite, permite discutir la protección social a partir de cómo cambia el ingreso disponible. La seguridad que podemos construir colectivamente merece tanto espacio como el patrimonio que cada persona consiga acumular.

Mejorar los ingresos del trabajo importa. También cuánto cuesta sostener una vida, qué riesgos debe asumir una familia por su cuenta y cuánto puede conservar de lo que gana. Eso exige discutir productividad, acceso al empleo, negociación salarial, vivienda, impuestos y financiación de los servicios. Son decisiones que tienen costos y conflictos. Exigirle disciplina individual al trabajador no los resuelve; prometer que una sola cifra por decreto arreglará todo, tampoco.

Lo que quisiera que fuera normal

Quisiera que trabajar permitiera vivir con tranquilidad y construir algo que permanezca. Pagar vivienda, alimentación y servicios. Tener acceso efectivo a salud, educación y cuidado. Contar con tiempo fuera del trabajo y margen para ahorrar. Que la seguridad básica no dependiera de que cada persona consiga convertirse en rentista, ni que ahorrar fuera una instrucción vacía dirigida a quien no tiene qué guardar.

Cinco millones pueden representar una mejora enorme para un hogar. Esa mejora merece convertirse en descanso, respaldo y decisiones propias. Reconocerla no me obliga a tratarla como un certificado de riqueza. Tampoco necesito llamarme pobre para solidarizarme con quien tiene menos, ni renunciar a lo que me preocupa de una vida que depende de no poder detenerse.

Quiero poder entender por qué cinco millones le parecen riqueza a alguien y, al mismo tiempo, defender que una vida tranquila debería estar a su alcance. Que el alivio del otro nos muestre una posibilidad, en lugar de convertirse en el motivo de una pelea. Me preocupa un país donde alcanzar a vivir ya parece haber llegado demasiado lejos.

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